Blog de Ana Maria Lajusticia

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Historia real de un testimonio de la marca

Con motivo del 39º aniversario de la marca, Ana Maria Lajusticia y su equipo organizó un concurso de textos para recopilar las historias personales más entrañables y significativas de clientes en las que contaran cómo los productos y conocimientos de la marca han contribuido a mejorar
su salud y estilo de vida.

Hoy, presentamos la historia de la primera ganadora. Un relato emotivo lleno de vivencias, sufrimiento y aprendizaje que demuestra los dos lados de la moneda; los efectos negativos de un déficit mineral y el giro inesperado al introducir una complementación alimenticia de calidad y
una dieta equilibrada y saludable.

“Me gustaría comenzar con frases tales como “Érase una vez” o “En un país lejano” y terminar con “colorín colorado” o “fueron felices y comieron perdices”, pero a veces la realidad supera la ficción. Prefiero dejar esos comienzos y finales para los grandes autores de cuentos clásicos. 
Voy a relatar cómo mi familia conoció la existencia de Ana María Lajusticia para así poder explicar como los contenidos educativos y productos nos han ayudado
y nos ayudan en nuestro día a día. 

Nos remontamos a Septiembre del año 2008.
Mi padre ha estado trabajando, la mayor parte de su vida, en la agricultura y en la ganadería. Siempre ha sido muy estricto en su trabajo y esto es lo que le ha llevado a cometer excesos.
Sus últimos años de vida laboral hasta su jubilación, hace menos de un año, ha estado trabajando en fincas de ganado bovino en extensivo. Cualquiera que haya vivido o trabajado en el campo sabe lo sacrificado que es ese mundo. Ni un día de descanso ya que los animales también se alimentan como las personas y también se ponen enfermos. Fincas que están poco o nada mecanizadas y todo se realiza de forma tradicional.

Como todas las mañanas, mi padre se levantaba para ir a trabajar pero esta vez no pudo.
Tenía un dolor inmenso desde las vértebras cervicales hasta el dedo “gordo” del pie, un dolor constante, las articulaciones estaban inflamadas y lo que más le asustó fue la pérdida de movilidad. Pero aún así, como todas las mañanas salió a trabajar. Estuvo 3 o 4 días hasta que mi madre se puso firme y le dijo que si o si tenía que ir al médico, para eso mi padre es muy reacio. Sin volante previo el médico de atención primaria le envió a un especialista, reumatología. Allí le mandaron realizar una analítica sanguínea y una radiografía, mientras tanto le pusieron un tratamiento a base de prednisona (pero no con la dosis adecuada, de eso nos enteraríamos más tarde por otro especialista), metotrexato en inyecciones (también hay en comprimidos pero nunca nos lo dijeron), ácido fólico e Ibuprofeno. Pasaban los días y no había ningún tipo de mejoría, al contrario iba a peor. Los resultados de la analítica fueron un desastre y el diagnóstico fue artritis reumatoide.

Fue a varios reumatólogos, algunos le recetaban calmantes y otros antibióticos. también le realizaban infiltraciones en las articulaciones de los dedos de la mano. Incluso llegó a ir al fisioterapeuta, y nada, ningún tipo de mejoría, iba de mal a peor. Eso si, trabajó todos los días con dolor y apenas movilidad, nunca descansó. El amor infinito hacia los animales.

Ya a la desesperada, buscamos información en internet, algo que paliara esos terribles síntomas que iban a más. Indagando por esos caminos inescrutables llegamos a una página donde había un artículo sobre el cloruro de magnesio y al lado el nombre de Ana María Lajusticia.
No había tiempo que perder. Esa misma tarde compró varios botes en la farmacia y comenzó a tomarlos. A los pocos días la casi invalidez se revirtió. El cloruro de magnesio, para mi padre, fue como ese pasaje de la Biblia donde Jesús le dice a un paralítico “Levántate y anda”.
A los pocos días en una de sus citas con el reumatólogo le comentó lo sucedido pero éste fue muy reticente a la hora de creer que fue el magnesio el que ayudo a la movilidad. Le cambiaron la dosis de los medicamentos y en pocas semanas mi padre ya había recuperado toda la movilidad y sobre todo ya no tenía dolor, antes de la cita mi padre ya había empezado a notar los beneficios del cloruro de magnesio. Todo esto sucedió durante dos años, dos largos años sufriendo hasta que se topó con el magnesio, y desde entonces no lo ha dejado. Eso si, el tratamiento médico que le pusieron ya se lo quitaron, no lo necesitaba. En la analítica sanguínea los valores ya eran normales, cosa que a los médicos les sorprendió la rápida recuperación. Tuvieron que darle el alta médica porque ya no había síntomas. Todo se había normalizado. 

Últimamente el magnesio lo toma con colágeno. Le sirve tanto para la artritis reumatoide como para la artrosis que lleva unos meses que le está dando guerra. 

El resto de la familia tomamos triptófano, levadura de cerveza, lecitina de soja y por supuesto cloruro de magnesio. Más el cambio de alimentación que hemos experimentado.
Y doy fe que estos productos para lo que lo necesitamos; funcionan.
No son suposiciones son hechos y más yo que también me diagnosticaron una enfermedad autoinmune. Pero mi historia la contaré en otra ocasión. 

Ahora, después de tantos años de mala alimentación, soy consciente de que la alimentación es la base para una buena salud y la causante de muchas enfermedades, aparte de los genes. 
Muchas gracias.”

Ana María Lajusticia Bergasa nació en Bilbao el 26 de julio de 1924.

Como ha contado en más de una ocasión: “He estado 21 años con un corsé de varillas; sé lo que es estar enferma, sé lo que es estar bien”. Se refiere a la prescripción médica que le hicieron en 1955 y que siguió a pies juntillas hasta 1973. Con 43 años le fue diagnosticada una diabetes tipo II que no auguraba la longevidad y extraordinaria que exhibe hoy en día. Gracias a su formación como química investigó hasta dar con el problema: su alimentación era muy deficiente. Carecía de aportes proteínicos y vitamina C, se excedía en el consumo de hidratos de carbono y las verduras que consumía eran pobres en magnesio.

Mediante un cambio en la dieta y un incremento significativo de aportación de magnesio, su vida cambió. Con 52 años dejó de usar corsé y tuvo que enfrentarse a las consecuencias de la atonía muscular que ese andamio artificial había provocado en su espalda. La propia curación, el descubrimiento en la propia piel de lo mucho y bueno que puede hacer una alimentación corregida y ajustada convirtió a la vasca en un paladín de la causa del magnesio y de otros elementos que tanto bien hacen a nuestra salud.

¿Quieres saber más sobre ella? Haz clic aquí.

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